Hace tres semanas murió mi padrino. Murió de repente, tomando desayuno en su cama, el primero de enero. Era joven y feliz. Él vivía en Chile y yo aquí en EE.UU., y la última conversación que tuvimos fue esa noche, deseándonos lo mejor para el nuevo año. Yo le dije que mi deseo mayor era que éste sí fuera el año en que nos volviéramos a ver. Murió doce horas después de eso.

Ha sido la primera pérdida dolorosa que he tenido en mi vida. Realmente dolorosa, porque fue inesperada, apresurada y lejana. Mis abuelos habían muerto años antes y también algunos conocidos tras una larga enfermedad. Pero esto fue distinto. Digamos que cuando murieron mis abuelos, tenían edad avanzada y los otros queridos hicieron un proceso de muerte anunciada.

Pero mi padrino no. Tenía 60 años recién cumplidos, estaba viviendo un año sabático y disfrutando su tiempo con su familia. Se fue de un momento a otro.

Participé de su funeral a distancia, a través de videos y fotos enviadas por whatsapp. Fue triste estar tan lejos y no poder acompañar a mi tía – su mujer – y sus hijos. Tampoco estar con mi mamá y hermanas.

Lloré mucho los dos primeros días, y al tercero ya comencé a sentirme más tranquila. Pero me di cuenta de algo. Estaba tranquila porque sentía que él todavía estaba en Chile. Me di cuenta que seguía teniendo ese convencimiento. Había escuchado antes que esto a veces ocurre cuando no presencias la despedida del cuerpo – el funeral –. No le di más vueltas y de hecho, continúe mis días de duelo afirmada en esa tranquilidad, que hasta hoy, no me había dado cuenta que era completa negación. Hasta hoy.

Anoche soñé con él. Soñé que iba a su casa y lo veía sentado en una silla en su terraza, como era frecuente cuando lo visitaba. En mi sueño lo veo, siento una gran alegría y digo “¡mi tío no se murió!”, mientras corro a abrazarlo. Pero al llegar a la silla donde él estaba, desaparece. Y me quedo ahí, de pie, confundida y decepcionada. Porque era verdad. Sí había muerto. Ya no estaba. Ya no está.

Hoy he llorado mucho, como lo hice cuando supe que falleció. Ha sido doloroso, pero también sanador. Me di cuenta que este sueño me ayudó a despertar de la ilusión en la que estaba refugiándome para no procesar su pérdida.

Ahora trato de encontrar esa tranquilidad que tuve las últimas semanas dentro de mí y no está. Se fue con la ilusión. Ahora encuentro pena, dolor y vacío. Pero sé que esto es necesario para sanar. Vivir estas emociones. Llorarlo y aceptar que se fue. Sé que este día es un paso adelante.

Todo esto me recordó mis tiempos apasionados por interpretar mis sueños. Hay muchos tipos de sueños, pero quiero destacar éste en particular; aquellos sueños que tienen una función sanadora. En este caso, estoy segura que no fue su alma la que encontré anoche, porque he tenido ese tipo de sueños y los distingo muy bien. Su imagen y este encuentro fallido fue una escena creada por mi inconsciente para despertarme de la ilusión en la que me estaba atrincherando.

Los sueños, aunque sueños, se viven, se experimentan como la realidad, sobre todo en su impacto emocional. Y ésta fue la forma en que mi inconsciente supo convencerme de que él ya no estaba. Porque realmente lo viví. Lo vi vivo y luego lo vi desaparecer.

Estos sueños son una función del alma, propia de nuestra capacidad innata para sanarnos. Pero para ello necesitamos recordar lo que soñamos, ver las imágenes y sentir las emociones de esa experiencia onírica cuando abrimos los ojos, para integrarlas de manera consciente y darnos cuenta. Despertar.

El celular, la televisión, levantarse corriendo en las mañanas, son todos hábitos contemporáneos que nos desconectan de esta función sanadora. Cercenamos la mitad de la terapia, que es la parte de recordar e integrar nuestros sueños. Y por supuesto, no solo el duelo puede ser procesado de esta manera, sino cualquier conflicto que nos desafíe.

Hay tantas cosas del alma que hemos olvidado y que no tienen lugar en nuestro estilo de vida actual, apresurado, materialista y crítico. Y no vemos que esas cosas del alma que exiliamos son una gran parte de la respuesta que buscamos incesantes persiguiéndonos la cola en la misma rutina que la esconde.

Te comparto esta experiencia personal por si estás viviendo también un proceso de duelo y mi experiencia te ayuda a no sentirte sola en ello, y también por si estás buscando una forma de activar tu habilidad de sanarte a ti misma y esta llave, que es tu capacidad de soñar, te resuena. Tal vez ese paso, esa ayuda que estás buscando con ansias, es darte el espacio y la calma para recordar tus sueños por la mañana.

Un abrazo y gracias por estar aquí.

Francisca